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Hay teorías que vinculan estrechamente ciertas situaciones humanas críticas, esas que implican una clara cercanía de la muerte, con un desate del deseo erótico y la actividad sexual.
Un contexto tan extraño y espeso como el pandémico cumple con la primera parte de la ecuación, cunden el miedo, la incertidumbre, la angustia. Pero, salvo para ciertas felices parejas corresidentes, algunos vecinos aventajados y otros en situación salvoconductualmente propicia, las circunstancias han sido adversas para darle curso al eros que surge.
Es notable cómo el ingenio le abría paso en la aldea medieval de Montaillou a lo que muy notablemente los aldeanos llamaban el “conocerse carnalmente”.
¿Se estará teniendo más sexo? ¿Menos? ¿Más y mejor? ¿Más pero peor? ¿Menos pero mejor? ¿Menos y peor? ¿Se habrán disparado a qué nivel las compras de juguetes y coadyuvantes sexuales? ¿Cuán al alza estarían, de existir, los índices de onanismo, la más auténtica autoayuda? ¿Qué tan eficientes se estarán mostrando las aplicaciones de encuentro? ¿Cómo estará el conteo de match? ¿Se quedarán mayoritariamente en el cyberflirteo o darán paso a encuentros clandestinos y polvos furtivos? De moteles funcionando a la mala se ha tenido harta noticia. De otras infracciones sicalípticas de la ley marcial es difícil saber.
Ignoro si Libertad y Desarrollo tendrá en curso estudios al respecto. Lo dificulto, ocupados cómo habrán de estar en la autoflagelación de ver desmoronarse la cacha histórica que le han propinado a la nación por décadas.
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El libro Montaillou, aldea occitana del historiador Emmanuel Le Roy Ladurie es el relato pormenorizado de la vida en una aldea medieval en el sur de Francia, de unos 250 habitantes, entre 1294 y 1324. Le Roy lo arma en base a su conocimiento del periodo pero, sobre todo, a los escritos del meticuloso inquisidor Jacques Fournier conservados en el Vaticano. Durante tres décadas Fournier persiguió a los herejes cátaros concentrando sus denuedos en ese pequeño poblado y, al hacerlo, dejó un inmenso estudio de la vida cultural, política, alimenticia y sexual de esos aldeanos que hace ya 700 años pisaron este planeta.
Como suele suceder cuando se accede a informaciones de primera fuente de cualquier época, se comprueba que, incluso en las zonas más punitivas o supuestamente recatadas de la historia, el deseo sexual impone siempre sus términos, se abre camino de las maneras que sean, a veces retorcidas u ominosas, a veces convencionales, otras muy ingeniosas, voluptuosas. Puede que las últimas décadas del siglo XX y estas dos que van del XXI hayan aportado condiciones de apertura concretas al desarrollo y la libertad sexual, pero no hay que exagerar. Desde siempre ha sido inextinguible la voluntad de recreo y contacto estrecho.
¿Se estará teniendo más sexo? ¿Menos? ¿Más y mejor? ¿Más pero peor? ¿Menos pero mejor? ¿Menos y peor? ¿Cuán al alza estarían, de existir, los índices de onanismo, la más auténtica autoayuda? ¿Cómo estará el conteo de match?
Es notable cómo el ingenio le abría paso en Montaillou a lo que muy notablemente los aldeanos llamaban el “conocerse carnalmente”. Era usual entre ellos despiojarse y, en esas faenas, así como en la demora de cualquier trámite o quehacer cotidiano, pasando por encima de formalidades y fidelidades, el desnudamiento y el acoplamiento podían raudamente hacerse presente. A toda hora. Maestros precursores del touch and go. Especialmente lujuriosos los curas. Y las viudas.
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Quizás, entre los cambios culturales que se den post pandemia veamos formas parcialmente novedosas de la sexualidad –las mascarillas y la nueva higiene por lo pronto algo modificarán. Ya mismo, mientras sigan el confinamiento y la consecuente pérdida de estímulos del mundo exterior, los cordones sanitarios, el distanciamiento y el toque de queda (que en la lógica del gobierno seguro se queda), el ingenio y la imaginación tendrán que redoblar esfuerzos.
El gateo y el nocturno transitar agazapado entre edificios y barrios darán espectáculo, formas de diversión sexual diurna y al paso ganarán terreno, la depilación genital tal vez se vuelva masivamente, para los aún tan pilosos hábitos del hombre nacional, una instancia de autoconocimiento y goce. También, quizás, ganarán adeptos las sexualidades parciales, tan miradas a huevo por la cultura prepotente y en el fondo impotente del winner, que apuesta todo por el resultado y no por la previa lenta y cultivada per se. El exhibicionismo y el voyeurismo, ese ying y yang del salirse de sí, probablemente ocupen un lugar protagónico en el digital mundo que viene. Mirar, mirarse, mirarse mirar y ser mirado y mirar mirar, todo eso. Gentileza de la comunicación telemática y otros alejamientos impuestos. El consentimiento, única ley.
El gateo y el nocturno transitar agazapado entre edificios y barrios darán espectáculo, cualquier forma de asomo a la activación genital cobrará interés.
Desde La Moneda agregaron tres condones en cada una de las tres millones de nuevas cajas de alimentos. Al fin una señal de conexión de este bingo-gobierno que permitirá a muchos actualizar el viejo consejo de Hesíodo: “No te dejes ver con los genitales manchados de semen dentro de tu casa junto al hogar, sino evítalo”.