En esa parte de mi juventud yo creía que el método estructuralista podía develar la verdad escondida en casi cualquier texto. Rafael del Villar, el profesor de Semiótica en la escuela donde yo estudiaba en esos años, había probado el método con el cuento Casa Tomada, de Julio Cortázar, obteniendo resultados notables. Yo tenía la esperanza -que naturalmente y dada la debilidad de mi naturaleza iba quedar frustrada- de utilizar este conocimiento para escritos menos amables que los del argentino. No digo que Casa Tomada sea un cuento amable, muy por el contrario. Pero yo creía posible hacer un análisis estructuralista de cartas de suicidas que había encontrado en una tesis en la biblioteca de Ciencias Sociales. Cosas monstruosas. Nada que uno pudiera llevar a la pizarra de nuevo en una clase de semiótica o de metodología de la investigación.
Años después vi la autopsia de un hombre de edad y constitución similar. De cara parecida al de la foto. Fue en un auditorio del Instituto Médico Legal. En Avenida La Paz. Casi al llegar al cementerio
Esa tesis me llenó de terror. Eran tiempos en que no había que pedir permiso para el uso de ese material forense. Las cartas estaban ahí, de puño y letra algunas, con el antiguo uso de ser dirigidas al juez que debía ordenar el levantamiento del cadáver. Cartas y fotos. No faltaba más. Un viejo en su cama con el cuello despedazado por algún objeto cortante que no lograba distinguirse en su mano. La pieza me parecía muy pobre. Posiblemente estaba en el campo o en la periferia de Santiago cuando todavía era campo. Sólo estaba iluminada por las luces que traían los policías. La imagen parecía sacada de un fotograma del Chacal de Nahueltoro.
Años después vi la autopsia de un hombre de edad y constitución similar. De cara parecida al de la foto. Fue en un auditorio del Instituto Médico Legal. En Avenida La Paz. Casi al llegar al cementerio. Viejo, enflaquecido, de bigote, pelo todavía negro quizá por alguna tintura, las orejas grandes como era de esperar. Y la marca en el cuello. El surco del ahorcamiento.
Yo sólo pensaba en la pobreza de ese hombre mientras los auxiliares lo desnudaban y metían su ropa en una bolsa de basura. El surco era profundo y ancho, se veía de lejos. Denotaba decisión. El cuerpo entero duró apenas unos minutos más. Sus signos de miseria y sufrimiento, acaso más notorios que la última ropa que se puso, se asomaron inútiles. El protocolo de autopsia hizo que empezaran a desaparecer; una vez terminada la descripción exterior vinieron las incisiones profundas, una especie de desmembramiento. La muerte volvía a manifestarse, por completo, con un nuevo acto destructor.
No había otro método científico que ese. Ni cartas a su mujer, a sus hijos o al juez. Nada donde el estructuralismo pudiera apoyarse para intentar desarrollar su discurso.
No había otro método científico que ese. Ni cartas a su mujer, a sus hijos o al juez. Nada donde el estructuralismo pudiera apoyarse para intentar desarrollar su discurso. Se me ocurría que lo único que uno podía hacer era quedarse callado y ni siquiera mencionar en la mente los conceptos semióticos. La omnipotencia del conocimiento estructuralista no pasaba de ser un mito, destruido por lo real, por todo aquello no podía ser simbolizado.
Yo no conocía el concepto de autopsia psicológica y muy tarde me vine a enterar de lo que significaba. Según Jiménez Rojas (2001) la autopsia psicológica “es la reconstrucción de los rasgos más sobresalientes de la vida de un individuo para obtener una comprensión psicológica acerca de quién era, la causa de algunas situaciones que se presentaron en su vida y en general qué papel jugaron sus rasgos de personalidad en las circunstancias de su muerte”. Este instrumento autorizaba la revisión de todos aquellos textos que pudieran explicar el deceso. Las cartas, la ficha clínica, las grabaciones, las actas judiciales. Posiblemente los objetos que había dejado en su casa, las cosas que ya no podría tocar, otra vez su miseria secreta y su ropa -siempre aquel detalle- todo aquello que pudiera producir palabras.
¿Tendrá esta coyuntura política sus nuevos expulsados? ¿Quienes perderán su espacio, quienes decidirán partir luego de la condena y de la funa, quienes se sentirán definitivamente extraños como si nunca hubieran pertenecido al Estallido?
Me vine a enterar tarde del concepto. Había abandonado el estructuralismo. Lo aprendido no servía. Me acordaba del libro Los límites de la interpretación, de Umberto Eco, pero no mucho. Estaba muy desmemoriado y casi ninguna de mis viejas ocurrencias me daba confianza ni me producía la menor emoción. O sea que no hice el intento de practicar una autopsia psicológica ni nada parecido. Me enteré de muchas tragedias, le di varias vueltas a sus causas, nunca escribí ordenadamente lo que pensaba. Hablé lo que tenía hablar. Dejé la mayoría de enigmas intactos.
¿Qué se supone que uno debía buscar entre todos esos materiales que quedaban?. Según del Villar: el inconsciente del autor o de quien hubiese dejado esparcidos esos signos. En Casa Tomada, por ejemplo, se advertía el problema del espacio y el autoexilio que Cortázar había decidido como respuesta a la coyuntura política. Del Villar dice que el concepto central es la expulsión del espacio. Antes había silencio, luego vino el ruido. “A Cortázar le preocupa el espacio del intelectual, ya no hay lugar para él en la Argentina durante la dictadura de Perón”. Una vez que Perón asume la presidencia, Cortázar decide renunciar a sus cátedras, opta por la soledad y no por los colectivos de oposición. Luego parte a Europa.
En la edición de Rayuela, de Cátedra, aparece una foto de su funeral en París. Visité su tumba en Montparnasse. Luego no logré encontrar la tumba de César Vallejo, antes del que cerraran el cementerio. Qué buscaba finalmente entre todos esos materiales. Supongo que finalmente era la idea de expulsión. Me acuerdo de los relegados del tiempo de Pinochet. Los mencionaban mucho acá en Santiago, mientras ellos padecían en tierras extrañas.
¿Tendrá esta coyuntura política sus nuevos expulsados? ¿Quienes perderán su espacio, quienes decidirán partir luego de la condena y de la funa, quienes se sentirán definitivamente extraños como si nunca hubieran pertenecido al Estallido? Más de alguno por supuesto. Quedarán signos esparcidos sin duda. Quizá suene otra música que sugiera la partida.